Diario Parrillero

La importancia de la higiene al preparar carnes para reuniones familiares

Un domingo al mediodía a fines de mayo, con el humo pegándome en los ojos y la mesa del balcón desbordada de fuentes, me quedé duro. La tabla con los chorizos crudos chorreando líquido estaba apoyada a dos centímetros de los panes recién cortados para los chicos.

Ese segundo me cambió la cabeza.

Estuve a nada de arruinarle el fin de semana a diez personas por pura distracción.

Un domingo de mayo y el peligro invisible en la tabla

En la quinta de mis viejos en Lomas de Zamora las cosas siempre fueron bastante libres. Mi viejo tiraba la carne sobre una tabla de madera rajada por veinte años de uso, cortaba con un cuchillo que andá a saber cuándo se había lavado a fondo y nadie decía nada.

Crecí pensando que el fuego lo limpiaba todo.

Es el gran chamuyo del asador argentino: creer que un toque de brasa caliente borra cualquier desprolijidad previa.

Ese domingo de mayo tuve que tirar una flauta entera de pan a la basura por haberla apoyado distraído sobre una mancha de jugo de achuras crudas. Me dio bronca, claro. El pan estaba fresco, crujiente, recién traído de la panadería de Rivadavia. Pero ponerlo en la mesa hubiera sido una ruleta rusa innecesaria.

La carne cruda lleva bacterias. Conviven con el animal y con la faena, especialmente patógenos como Escherichia coli o salmonela.

No se ven, no tienen olor feo cuando recién empezás a preparar el fuego, y no avisan antes de voltearte.

Si tocás un chorizo fresco y después agarrás una rodaja de tomate para la ensalada, la brasa no interviene en esa ensalada. El bicho viaja derecho de la grasa cruda al estómago de tu vieja o de tu sobrino.

Lo que aprendí en la planta embotelladora y olvidé en el balcón

Desde 2017 laburo como técnico de mantenimiento en una planta de bebidas en Avellaneda. Si hay algo que te meten en la mollera en la fábrica desde el primer turno noche, es el concepto de inocuidad y barreras sanitarias.

Llenamos planillas, cambiamos filtros de líneas estériles, desinfectamos válvulas y medimos tiempos de contacto.

Pero cruzaba la puerta de casa en Caballito, subía al departamento y me comportaba en el balcón como si las bacterias respetaran el domingo libre.

Después de unas tres semanas de aquel susto con los chorizos, me puse a observar mis propios movimientos mientras prendía el carbón con un pedazo de cajón de verduras.

Tenía el trapo repasador colgado del hombro. Con ese trapo me secaba las manos después de abrir el paquete de mollejas, le pasaba a la tabla de madera grasienta y, diez minutos más tarde, secaba un plato hondo para servir la provoleta.

El repasador de tela es el invento más eficiente para repartir porquerías por toda la casa.

Lo cambié por rollos de papel descartable sin dudarlo. Se usa, absorbe el jugo rojizo de la carne y va al tacho de basura sin escalas.

También entendí que no hace falta tener un laboratorio en el departamento, pero sí un poco de sentido común industrial aplicado a dos metros cuadrados de balcón.

El falso mito del agua bajo la canilla

Hay una costumbre muy arraigada, sobre todo en gente grande, que consiste en lavar la carne bajo el chorro de agua de la bacha antes de salarla. Lavar el pollo, enjuagar el matambre de cerdo, pasarle agua a las achuras.

Parece un acto de pulcritud absoluta. La realidad es exactamente la contraria.

Lavar la carne bajo el grifo no elimina las bacterias adheridas a los tejidos; lo único que logra es dispersarlas por aerosolización.

El agua que golpea la superficie cruda rebota en microgotas invisibles que vuelan a más de medio metro de distancia. Esas gotas aterrizan sobre el secaplatos, sobre la esponja, sobre los vasos limpios y sobre la mesada donde pensás picar la lechuga.

La carne no se lava. Se seca con papel absorbente si viene con exceso de líquido en la bolsa, y se manda al calor.

En mi cocina angosta de Caballito, el espacio entre la bacha y la escurridera de platos es mínimo. Una vez me quedé mirando el reflejo de la luz en la mesada después de enjuagar un pedazo de vacío: estaba todo salpicado de microgotas grasientas.

Esa misma noche terminé pasando un trapo con cloro por cada centímetro de azulejo. Todavía me acuerdo del olor penetrante a lavandina mezclándose con grasa tibia en la bacha angosta mientras los platos limpios se apilaban a un costado para volver a lavarlos de cero.

Desde ese día, la carne no toca el agua dulce de la canilla bajo ningún concepto.

Dividir los dos metros cuadrados del balcón

Hacia fines de agosto organicé otro asado para festejar un cumpleaños de mi cuñado. Éramos ocho en el comedor chico, con Roque durmiendo abajo de la mesa pendiente de cualquier cosa que pudiera caer al piso.

En un balcón angosto el caos te come en dos minutos si no ordenás las herramientas.

Casi cometo otro error grave esa tarde: agarré la pinza larga con la que acababa de acomodar unos chinchulines crudos y casi la clavo en un costillar que ya llevaba dos horas sobre los hierros y estaba listo para salir.

Me frené en el aire. La grasa cruda de la punta de la pinza brillaba contra la costra dorada de la carne cocida.

A partir de ahí armé una separación tajante que no negocio con nadie, por más que me apuren con la picada:

Si querés profundizar en la organización casera para evitar estos descuidos, hace un tiempo escribí sobre higiene para manipular alimentos en tu propia cocina de forma segura con algunas pautas sencillas que aplico en mi día a día.

Mantener las cosas separadas cuesta un par de platos más para lavar al final del día, pero te ahorra la paranoia de pensar si serviste algo contaminado.

La temperatura no se negocia con el ojo

Existe lo que los organismos de seguridad alimentaria llaman la zona de peligro de proliferación bacteriana, que va entre 5 °C y 60 °C. En ese rango térmico, las bacterias se reproducen a una velocidad ridícula si les das tiempo.

El límite superior de temperatura recomendada en heladeras familiares ronda los 5 °C. De ahí para abajo, las bacterias están frenadas, durmiendo.

Si sacás tres kilos de carne a la mesa a las once de la mañana con veintidós grados de temperatura ambiente y recién tirás el corte al fuego a la una de la tarde, le diste dos horas de fiesta a cualquier microorganismo superficial.

Con los cortes enteros vacunos hay un poco más de margen porque las bacterias quedan afuera y el fuego directo las liquida al toque. Pero con los embutidos y la carne picada la historia es completamente distinta.

En un chorizo o en una hamburguesa, la superficie original fue procesada, triturada y mezclada con el interior. Lo que estaba afuera ahora está en el corazón del embutido.

Por eso la temperatura interna mínima de cocción para embutidos y carne picada debe alcanzar al menos 71 °C. Si el centro sigue rosado pálido y tibio, ese chorizo no está a punto: está crudo y peligroso.

Aprendí a revisar bien eso, especialmente cuando vienen personas mayores o chicos chicos a comer. No cuesta nada dejarlo diez minutos más a fuego indirecto para que el calor penetre parejo hasta el centro sin quemar la tripa por fuera.

Aclaro que no soy médico ni especialista en salud pública; solo soy un operario que pasa los domingos frente a una parrilla de hierro ángulo soldada a mano. Si alguna vez vos o alguien de tu familia experimenta malestar estomacal severo después de una comida, no lo dejes pasar y consultá con un médico o acudí a una guardia sin dudar.

Cuidar estos detalles no te quita categoría de asador ni te vuelve un neurótico de la limpieza. Al contrario, me parece que hacerse cargo del fuego implica también asumir esa responsabilidad callada de que todo lo que sale de tus fierros alimenta a los tuyos sin poner en riesgo a nadie.

Al final del asado, cuando el carbón ya es ceniza gris y Roque termina de masticar algún pedazo de grasa cocida que sobró, la única tranquilidad que vale es saber que el lunes todo el mundo va a arrancar su semana sin dolores de panza.

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