Diario Parrillero

Trucos para manejar el calor de la parrilla en balcones angostos

Trucos para manejar el calor de la parrilla en balcones angostos: fuego encendido en un balcón angosto de Caballito

El humo me tapa la cara apenas prendo el primer puñado de brasas. En este balcón de Caballito no hay mucho margen para correrse: el edificio de al lado tapa cualquier viento que venga de la calle. Doy medio paso hacia la baranda, espero, y recién ahí el aire se decide a moverse. Así arranca casi todos los sábados de asado en balcón — peleando con el calor antes de que el primer chorizo toque la rejilla, buscando alguna técnica de fuego que no dependa pura y exclusivamente de la suerte.

Roque se corrió solo, sin que yo le dijera nada, apenas vio el primer tizón rojo. Después de tantos sábados, ya sabe que ahí no conviene quedarse.

La pared de ladrillo y el vidrio del living hacen de caja. El calor entra, pega una vuelta y no sabe salir. Un patio grande se airea solo; un balcón angosto no perdona nada — calculás mal el fuego y terminás cocinando más a vos que a la carne.

Lo noté bien claro un día que fui con Roque hasta las canchas de Parque Centenario. Ahí el viento entra de cualquier lado y se va por el mismo lado, sin pelear con nada. En mi balcón no: el aire que sube se queda dando vueltas contra la pared de atrás hasta que alguien (yo) lo obliga a salir.

El calor del balcón que no tiene adónde ir

calor atrapado en un balcón angosto durante el asado en Caballito

Pensar que más fuego es más control es el error más común, y es justo al revés. En un pasillo angosto, el fuego que no tiene por dónde salir se te viene encima a vos primero, antes de llegar bien a la carne.

Lo que decido antes de prender ahora es cuánto carbón entra en ese espacio, no cuánto me gustaría usar. Son cálculos distintos, y las primeras veces los confundía bastante seguido.

¿Por qué menos carbón calienta más el balcón?

brasas de quebracho blanco parejas antes de ir a la rejilla

La otra cara del mismo error es la contraria: achicar el carbón pensando que así el ambiente no se calienta tanto. Un domingo a la noche, después de un turno noche largo en la planta, no podía dormir y me puse a mirar un curso de Hotmart que tenía dando vueltas sin abrir hacía meses. El módulo tres hablaba justo de esto.

Si el carbón es poco, la rejilla nunca llega al punto justo. La carne larga jugo en vez de sellar, y lo que debería durar unos cuarenta minutos se estira al doble. Esa hora extra de parrilla prendida calienta mucho más el balcón que un golpe de calor fuerte y corto.

Uso quebracho blanco, no cualquier bolsa de carbón de kiosco: prende más pareja y no larga esas chispas que saltan para cualquier lado. El tipo de carbón que elegís pesa más de lo que parece, aunque esa cuenta la dejo para otro cuaderno.

Dejá que el aire haga el trabajo, no el brasero

corriente de aire moviendo el humo sobre un balcón angosto de parrilla

Durante un tiempo tuve el brasero plantado justo en el medio de la parrilla, ahí donde parecía más lógico ponerlo. Mala idea: cortaba la única corriente de aire que tenía, la que sube pegada a la fachada, y el calor me rebotaba directo a la cara.

Ahora lo corro siempre hacia el lado de la calle. El aire que sube empuja el calor hacia afuera en vez de devolvérmelo. También dejé de amontonar fierro sucio sobre fierro sucio: unos consejos para el mantenimiento de parrilla de balcón y evitar el óxido me hicieron ver que la costra vieja también cambia cómo se reparte el calor en la rejilla (curar un hierro nuevo es otra historia aparte, el mío ya la tiene pasada hace rato).

Claudio, el del cuarto piso, bajó un sábado de estos apenas sintió el olor a carbón subiendo por el hueco del edificio. Pregunta siempre lo mismo, como si fuera la primera vez: si ese carbón prende solo o hay que ayudarlo con algo. Le contesto que depende del viento, no del carbón, y me mira como si no le cerrara del todo.

El matambre me enseñó esto por las malas. Durante meses lo compraba ya fileteado en el súper, pensando que ahorraba tiempo. Un lado me quedaba quemado y el otro crudo, porque el corte nunca venía parejo — y ningún manejo de calor arregla un corte disparejo. Ahora lo pido en el mostrador, como lo necesito, y el problema desapareció solo.

Fuego lento, no el golpe fuerte que le tiro al vacío: eso es lo que pide el matambre. Otra confusión que me costó un par de sábados arruinados antes de separar bien las dos cosas.

El chapón deflector: antes y después

chapa deflectora desviando el calor de la parrilla en un balcón chico

Hace un par de semanas probé algo distinto: colgué atrás una chapa vieja a modo de pantalla, inclinada hacia la baranda. Nada sofisticado, pero cambia bastante.

Esa chapa desvía el calor que antes me subía derecho a la cara. Ahora pasa de costado, hacia la calle, y podés quedarte parado cerca del fuego sin sentir que te arde la piel. Antes sentía una franja de calor cruzándome el dorso de la mano apenas me acercaba a la brasa, como un límite que no convenía pisar. Ahora esa franja aparece más atrás, más tibia: el fuego ya no apunta tan de frente.

El vacío lo dejé lejos del fuego fuerte esa tarde, dejando que el calor desviado hiciera el trabajo despacio. Para el sábado ocho con la parrilla armada así, ya no peleaba con el viento: dejaba que el chapón hiciera lo suyo y me ocupaba de otra cosa. Si te interesa jugar con calores raros, alguna vez conté cómo lograr una masa de pizza crocante en parrilla de balcón usando algo parecido.

No voy a entrar en qué corte banca bien el fuego directo y cuál necesita que lo cuides con calor indirecto — de eso hablo en otra entrada, no en ésta. Acá alcanza con saber que el chapón te da margen para errar un poco sin que se note tanto.

Se nota cuando el fuego deja de pelear

vacío con costra dorada sobre la parrilla de un balcón angosto en Caballito

Hay un momento en que las brasas quedan quietas, sin esa llama nerviosa de los primeros minutos. La vecina del tercero cerró la ventana sin apuro, como si también lo hubiera notado, y ahí entendí que la parrilla estaba en su punto — no antes.

Eliana, la de enfrente, debe tener anotado en algún lado qué días hay asado en esta casa: siempre nota el humo antes de que yo mismo lo sienta. Esta vez ni asomó la cabeza, señal de que tampoco había mucho humo para notar.

El chorizo tiene sus propias señas para saber si está listo, pero esa es otra entrada del cuaderno. Lo que sí sé ahora es que cuando el calor deja de pelearme, el vacío sale con una costra pareja sin que yo haya tenido que sufrir al lado del fuego.

Roque se acerca recién entonces, cuando ya no queda nada que lo asuste. El sábado que viene toca turno mañana, así que el asado se corre para la noche. Ya veremos cómo se porta el viento.

Artículos relacionados