Diario Parrillero

Mejores condimentos internacionales para carnes asadas en la parrilla

Mejores condimentos internacionales para carnes asadas en la parrilla

Eran las tres de la mañana de un martes de junio en la planta. El frío en Avellaneda te corta la cara apenas salís del galpón de embotellado. Me senté en el comedor con un sándwich de milanesa frío que me sobró del mediodía y abrí el celular. Tenía el curso de cocina internacional que compré en Hotmart a medio empezar, colgado en el módulo tres desde hacía dos semanas.

Esa madrugada, mientras el ruido de las máquinas seguía de fondo como un zumbido constante, vi algo que me cambió el esquema. El tipo del video no hablaba de salmuera ni de chimichurri. Hablaba de perfiles de sabor globales. Lo miré con desconfianza, obvio. Uno nace con el frasco de ají molido en la mano y cree que no hay nada más allá.

Pero el aburrimiento es peligroso. El chimichurri tradicional es sagrado, pero después de siete años asando todos los domingos en el balcón de Rivadavia, sentía que le estaba haciendo siempre la misma nota a la misma canción. Necesitaba otra cosa para el vacío que ya tenía encargado en la carnicería de Rojas.

El experimento del rub estilo Texas en Caballito

Esperé a que llegara el domingo. Un sol de julio, de esos que calientan pero no alcanzan para sacarte el pulóver. Mi cuñado llegó temprano, como siempre, mirando de reojo la tabla. Yo tenía preparado un frasco con café molido fino, pimienta negra recién rota y un toque de azúcar mascabo. Un rub estilo Texas, calcado del módulo cuatro.

Primer plano de carne de vacío con rub de café y pimienta.

El primer choque es visual. Ver un vacío negro antes de ir a la brasa te genera dudas. Mi cuñado tiró el primer comentario: "Che, Lautaro, ¿eso es carbón o carne?". No le di bola. Me acordé de lo que explicaba el curso sobre la Reacción de Maillard. Esa caramelización de las proteínas que ocurre entre los 140 y 165 grados Celsius.

Si te pasás de esa temperatura, el azúcar del rub se quema y se vuelve amargo. Si no llegás, te queda una pasta húmeda y triste. Puse el vacío con el fuego bien repartido. El aroma que empezó a salir no era el olor a grasa de siempre. Era algo más denso, más oscuro. El humo del quebracho se mezclaba con el tostado del café en el aire cerrado del balcón.

Roque, mi mestiza, estaba ahí firme. Ella no juzga los experimentos. Se sienta al lado de la parrilla soldada y espera. Sabe que algo siempre cae. Esa tarde, el vacío salió con una costra que crujía como una galleta. Por dentro, el jugo estaba intacto. El café no le daba sabor a desayuno, le daba una profundidad que la sal sola no alcanza a tocar nunca.

La química de la pimienta de Cayena y el picor internacional

En agosto me puse más técnico. El curso mencionaba la pimienta de Cayena. Yo siempre pensé que era como nuestro ají molido, pero no. La Cayena tiene una potencia distinta. En la Escala Scoville, se mueve entre las 30.000 y 50.000 unidades. Es un golpe seco, directo.

Sentís ese ligero picor en la punta de la lengua, muy diferente al calor persistente y a veces invasivo del ají molido local que te queda dando vueltas en la garganta media hora. Lo usé para unas costillitas de cerdo. Pero acá es donde casi la arruino. El pimentón ahumado, o paprika, es traicionero. Si lo dejás al sol o cerca del calor de la hornalla, pierde los aceites esenciales rápido.

Frascos de especias internacionales como pimentón ahumado y comino.

Me di cuenta de que el frasco que tenía en la repisa de la cocina ya no olía a nada. Aprendí que hay que guardarlo en oscuro y lejos de los 25 grados. Compré uno nuevo, lo abrí y el olor a humo me llenó la cara. Lo mezclé con la Cayena y un poco de ajo en polvo. Pero no lo tiré directo al fuego. Ahí entró el gran secreto que aprendí a fuerza de chamuscar especias.

Contrario a lo que dicen muchos videos de afuera, tirar las especias secas sobre la carne cruda y mandarla al fuego fuerte es un error. Las especias se queman en segundos. El sabor se vuelve rancio. El truco es sellar la carne primero, dejar que haga su propio piso, y recién ahí entrar con los condimentos internacionales. Yo prefiero armar una emulsión final, casi como una caricia de sabor cuando la pieza ya está entregando el jugo.

De Marruecos a Lomas de Zamora: el juicio final

Hacia fines de agosto, me animé a llevar los frascos a la quinta de mi viejo en Lomas. El viejo es de la vieja escuela. Si no es sal gruesa, para él es sospechoso. Había comprado un costillar de ternera de unos 10 kilos, una pieza hermosa, de esas que pesan entre 8 a 12 kilos y te piden respeto apenas las apoyás en la tabla. No soy profesional, no tengo escuela de cocina, pero después de ver los videos del curso, me sentía con confianza.

Preparé una mezcla de comino, canela y cilantro seco. Especias marroquíes. El aroma del comino tostado es invasivo, pero cuando se encuentra con la grasa de la ternera, pasa algo raro. Se domestica. El viejo me miraba de lejos mientras yo pincelaba el costillar a mitad de cocción con una mezcla de esas especias y un poco de aceite de oliva.

Costillar de ternera a la parrilla siendo condimentado con especias marroquíes.

No le dije qué era. Dejé que el fuego hiciera el laburo. El secreto de estos condimentos internacionales es no tapar la carne. Si el asado es bueno, el condimento tiene que ser el marco del cuadro, no la pintura. Me acordé de cuando leí sobre técnicas de marinado para carnes; a veces menos es más, pero con la especia justa, el sabor explota.

Cuando el viejo probó la primera costilla, se quedó callado. Masticó despacio. Yo miraba a Roque, que estaba echada bajo la mesa de madera de la quinta. El viejo se limpió los dedos con el repasador, me miró y se sirvió una segunda porción sin decir una palabra. Ese es el mejor cumplido que podés recibir de un parrillero de los de antes. No te va a decir que está rico, te va a pedir más.

Lecciones aprendidas entre el turno noche y el balcón

No todo fue éxito. Hubo un intento con curry que terminó con un matambre que sabía a medicina porque me pasé con el módulo de especias asiáticas. La clave está en la medida. Yo uso medidas de balcón: lo que entra en el hueco de la mano, o lo que dura una cerveza fría mientras preparo la mezcla. No uso balanza para las especias, uso el olfato.

Si estás empezando con esto, no compres los frascos gigantes. Comprá de a poco. Es preferible que se termine y comprar fresco a tener un comino de hace dos años que sabe a polvo de estantería. Y sobre todo, no tengas miedo de romper la tradición si es para sumar. El asado argentino es el mejor del mundo, pero eso no significa que no pueda aprender un par de idiomas nuevos.

Detalle de la costra de Maillard en un asado bien condimentado.

A veces, cuando estoy en la planta y el turno se hace largo, me pongo a pensar en la próxima mezcla. Quizás algo con pimienta de Jamaica o un toque de cardamomo para un cerdo. Es un viaje de ida. Desde que empecé con esto, incluso me animé a probar cosas distintas en otros terrenos, como cuando quise entender por qué el curso de chorizos parrilleros cambió mi forma de hacer asado, buscando esa textura perfecta que no siempre te da la carnicería.

Al final, el asado es eso. Un poco de fuego, un poco de paciencia y las ganas de probar algo distinto mientras la ciudad duerme y vos estás ahí, frente a las brasas, esperando que el momento exacto donde la piel cede te avise que ya está listo. No soy médico ni experto en nutrición, así que si tenés alguna duda con las alergias a las especias, mejor consultalo con un profesional antes de llenar de pimienta el asado de tus amigos. Yo solo soy un técnico que encontró en los condimentos internacionales una forma de que el domingo sea un poco menos igual al anterior.

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