Diario Parrillero

Cómo evitar el humo del asado en el balcón del edificio

Asado en balcón de Caballito con técnica para evitar el humo hacia los vecinos

El olor a grasa quemada sube más rápido que el humo blanco del carbón vegetal recién prendido. Eso lo aprendí después de un portazo seco en la ventana de arriba, justo cuando el vacío empezaba a marcarse en la parrilla del balcón. La convivencia vecinal en un edificio no perdona: si el asado en el balcón manda humo para arriba, no hay segunda vuelta, hay nota de la administración esperando en el palier.

Ese portazo fue la alarma. Antes daba por hecho que el humo formaba parte del trato: prendés fuego, la cuadra entera lo huele, y ya. Un edificio de Avenida Rivadavia enseña otra cosa: el humo ahí no se pierde en ningún lado, se queda pegado a la fachada y sube directo a la ventana de arriba.

Elegir el carbón antes de pensar en el fuego

Antes de armar cualquier fuego, hay que elegir bien el carbón, ahí está la mitad del problema del humo. El que se consigue más a mano suele traer maderas mezcladas que chispean y dejan olor pegado en la ropa tendida del piso de arriba. Cambié al carbón de quebracho: es más compacto, tarda más en prender del todo, pero una vez que agarra, quema parejo y no larga esas nubes blancas que pican en los ojos. Cómo lograr que prenda parejo sin químicos ni alcohol es capítulo aparte del cuaderno; acá alcanza con saber que un carbón más compacto ayuda a no ahogarse en humo blanco.

Chimenea de encendido con carbón de quebracho tomando color en balcón de Caballito

En cualquier ficha técnica del carbón vegetal vas a leer que enciende recién a los 400 grados Celsius. A mí ese dato no me sirvió tanto como mirar el color: cuando pasa de negro parejo a un rojo oscuro apagado, recién ahí está listo. Hay una imagen que tengo grabada de una tarde de este invierno: el carbón ya rojo oscuro, parejo, y yo ahí parado sin apurar la rejilla, aguantando las ganas de tirarla encima antes de tiempo.

Si todavía te cuesta calcular el punto exacto de la brasa, ya escribí aparte sobre cómo controlar la temperatura de la parrilla sin usar termómetro. Ahí no hay humo de por medio, es otro problema, pero ayuda a no tener apuro con el carbón.

Se lo comenté a Ezequiel, compañero de turno en la planta, un domingo que vino a comer con la parrilla ya prendida. Comparó todo con el patio de su viejo, como hace siempre, allá el humo se pierde entre las paredes del fondo y nadie pone el grito en el cielo. Le tuve que explicar que un balcón no perdona eso. De paso, aproveché para contarle que la parrilla, antes de usarla la primera vez, necesita un curado que también dejé anotado en otro capítulo del cuaderno.

El agua debajo de la brasa corta el humo negro

El humo negro, el que realmente arruina la tarde, no lo produce el carbón. Lo produce la grasa cuando gotea sobre la brasa. Ahí conviene distinguir: calor directo cocina más rápido y arriesga el goteo justo sobre el fuego, calor indirecto da más margen. Ese cruce entre sellado y cocción lenta también da para otro capítulo, según el corte.

Lo que a mí me funcionó fue mover las brasas a los costados y poner una bandeja con un par de dedos de agua justo debajo de donde va la carne. El calor sigue llegando igual, pero la grasa que cae se enfría en el agua en lugar de prender de golpe contra el carbón.

Brasas de carbón vegetal parejas al rojo vivo antes del asado en balcón

Con un vacío bien gordo se nota rápido si funciona: si la bandeja está bien puesta, el vecino siente olor a asado, no olor a incendio. Es la diferencia entre una queja por WhatsApp del consorcio y una charla tranquila en el palier.

Bandeja de acero con agua debajo de la parrilla para evitar humo negro

La técnica del flujo de aire cruzado

La técnica que más me costó entender fue la del aire, no la del fuego. La lógica de siempre dice que hay que ventilar hacia afuera, empujar el humo al vacío del balcón. En un edificio de Avenida Rivadavia eso no funciona: el aire se estanca entre las paredes y el humo sube pegado a la fachada, derecho a la ventana de arriba.

Ahora hago lo contrario. Abro la ventana de la cocina, prendo el extractor a fondo, y genero una succión hacia adentro del departamento. Parte del aire del balcón entra hacia la cocina en lugar de subir directo al piso de arriba. El humo se diluye ahí adentro y sale filtrado, en vez de quedarse formando una nube quieta sobre la parrilla.

Una lectora de Montevideo, Silvana Drago, me escribió una vez sin saludo ni vuelta: preguntó directo si el humo negro se podía evitar del todo o si era pedir demasiado en un balcón. Le contesté que del todo no, pero que entre la bandeja de agua y el extractor la diferencia es enorme. Lo suficiente como para que el vecino de arriba no vuelva a cerrar la ventana de un golpe.

El momento de rasquetear la rejilla

Durante meses dejé la rejilla sin rasquetear de un asado al siguiente, total se iba a ensuciar de nuevo, pensaba. Craso error. La grasa vieja pegada se prende antes de que el carbón nuevo agarre color, y ahí sale un humo negro y espeso que no tiene nada que ver con un fuego bien manejado. Ahora rasqueteo apenas la rejilla se enfría un poco, todavía tibia, antes de guardarla.

Para la semana diez del cuaderno ya tenía el orden incorporado: carbón parejo primero, brasas a los costados, bandeja con agua, extractor prendido, y la rejilla limpia antes de guardarla, no después. Si tuviera que quedarme con una sola costumbre de todas, sería esa última: un balcón sin humo se arma antes del fuego, no durante.

Perra mestiza descansando en el balcón junto a la parrilla encendida sin molestarse por el humo

Roque se acomoda cerca en cuanto huele carbón encendido, ni se inmuta con el extractor a fondo. El sábado que viene toca turno rotativo, así que el asado se corre al domingo. A ver si el vecino de arriba ni se entera esta vez.

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